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domingo, 5 de septiembre de 2010


miércoles, agosto 25, 2010

Una entrevista a Santiago Gamboa escrita por Maria Campaña Ramia 


En abril, entrevisté a Santiago Gamboa (uno de mis escritores favoritos) para el portal de cultura latinoamericana Latineos en Inglaterra. La entrevista se realizó vía correo electrónico y Skype y se publicó originalmente en inglés. Ahora que el sitio comienza a traducirse al español y francés ha sido publicada en el idioma en que fue realizada. Pulsando en el idioma pueden leerla en la página original en español y en inglés.

Santiago Gamboa sobre el viaje, la traducción, su generación y la literatura autorreferencial 

Santiago Gamboa (Bogotá, 1965) es uno de los más importantes escritores latinoamericanos de su generación. El pasado septiembre recibió el premio literario La Otra Orilla por su novela Necrópolis. La Otra Orilla es un sello literario del Grupo Editorial Norma que convoca anualmente a un Premio de Novela en lengua castellana. El premio recae en una obra inédita y garantiza su publicación en Latinoamérica y España. Se otorga desde 2005 e incluye una remuneración económica que ha ido desde $30,000 hasta $100,000 en 2009.

El jurado –compuesto por Jorge Volpi, Roberto Ampuero y Pere Sureda– entregó el premio a Gamboa por “el magnífico uso del lenguaje y la dificultad que implica dar vida a tantas voces distintas, logrando que sean diferenciables y creíbles. La historia, al presentarse aparentemente sin intención, sin guía, logra generar un efecto de intriga y extrañeza que implica un riesgo narrativo que el autor supera con mucha pericia”.

Antes de Necrópolis, el escritor colombiano había publicado excelentes novelas y relatos cortos, entre los que se cuentan Perder es cuestión de método (1997), Vida feliz de un joven llamado Esteban (2000), Los Impostores (2002) y El Síndrome de Ulises (2005), entre otros. Sus libros han sido traducidos al francés, alemán, italiano, checo, ruso, noruego, griego, danés, sueco, rumano y vasco, por nombrar solo algunos de los 17 idiomas, pero nunca en la lengua de Shakespeare, algo que representa, para mí, uno de los grandes misterios del negocio editorial.

Leí mi primer libro de Gamboa en París. Un poco como su Esteban, había ido a Francia a estudiar aunque más que aprender de la universidad buscaba ampliar mi percepción de la vida. En el minúsculo apartamento de mi mejor amigo me volví adicta a Los Impostores. Era un verano muy caliente en Europa, la famosa canícula de 2003, y recuerdo que iba dejando las maravillas de París para más tarde, porque no podía separarme del libro.

Es difícil clasificar a Los Impostores dentro de un género en particular, sin encasillarla. Digamos que es una deliciosa novela de aventuras y desventuras, donde varios personajes (un frustrado escritor colombiano, un eminente académico alemán y un profesor de literatura peruano) terminan buscando un manuscrito que revela la doctrina de una sociedad secreta y clandestina cuyos líderes fueron aniquilados en China.

Un verano después, aunque se tratara de un libro anterior, Vida feliz de un joven llamado Esteban llegó a mis manos. Lo leí en Jerusalén, adonde me había mudado a causa de un amor impulsivo por un hombre y su gato. Acostada en una hamaca bajo el aire acondicionado, acompañada por mi peluda mascota, me adentré en aquella edificante autobiografía ficticia que me reconectó con mis orígenes latinoamericanos y mi propia experiencia de vida por medio de un relato en primera persona, contado a través de un amplio espectro de historias, personajes y registros.

Años más tarde, bajo la sombra otoñal de un glorioso árbol en la Selva Negra, me enamoré de El Síndrome de Ulises y no pude evitar verme reflejada en situaciones similares a las que viven sus personajes. Sus páginas, al tiempo que me hacían reír, me procuraban también nostalgia, placer y a veces dolor. En este, un muy íntimo recuento de sus días en París, Gamboa reencuentra a Esteban, quien había viajado hasta allá para estudiar literatura. La ciudad de la luz, el sueño de tantos jóvenes latinoamericanos, es un lugar frío, oscuro y doloroso, donde la imagen de los Campos Elíseos, la Rue de Rivoli y la Torre Eiffel asoma como un simple mito. Esteban lava platos en un restaurante coreano, se ducha en la piscina pública y con el correr de los días va conociendo a otros inmigrantes de todo el mundo que comparten con él, y con nosotros, sus conmovedoras historias. El Síndrome de Ulises es una novela bella, en la que todo se vive con intensidad, sea el sexo, la amistad, la angustia, la fiesta, el amor o la solidaridad.

Ahora en Necrópolis, calificada por la crítica como un tour de force literario, Gamboa lleva a sus lectores a otros destinos. Se trata de una novela polifónica que recuerda la fuerza, ritmo y dureza de Los detectives salvajes (Roberto Bolaño, 1998) y que dialoga con clásicos de la literatura como El Decamerón, El Conde de Montecristo y Las mil y una noches.

Luego de una larga enfermedad un escritor es invitado a un congreso de biógrafos en Jerusalén, una ciudad en guerra. Y así la historia se teje y se bifurca, mientras se cruzan las vidas y ponencias de los participantes del congreso: un librero y biógrafo francés, una actriz porno italiana, un empresario colombiano y un antiguo pastor rehabilitado de las drogas y el crimen, redimido por un desaparecido Mesías contemporáneo.

Gamboa viajó a Madrid a los 19 años, para estudiar filología hispánica. Desde entonces ha vivido siempre fuera de su país. Vivió en París, donde obtuvo un doctorado en Literatura Cubana en La Sorbona y trabajó como corresponsal de prensa, más tarde se mudó a Roma y hasta hace poco vivió en Nueva Delhi, donde trabajó como Consejero en la Embajada de Colombia. “India es un lugar lleno de contradicciones, cosas raras y hermosas. Es un lugar lleno de vida. Me hacía falta después de tantos años en la vieja Europa”, me dice. Ahora que su misión diplomática ha concluido, Santiago vuelve a Roma tras su paso por Bogotá y una conferencia en Estados Unidos. Parece que ha estado tomando muchos aviones últimamente y es justamente la sala de espera de un aeropuerto el lugar desde donde habla conmigo.

De tu propia Bogotá a Madrid, París, Roma, Nueva Delhi... ¿Necesitas cambiar de escenarios para continuar escribiendo o han sido solo las circunstancias?
Me gusta cambiar de vida. Hacerlo muchas veces es un modo de vivirla más intensamente, o al menos de intentar prolongarla, pues una vida es poca vida, ¿no? Igual que la literatura. Viajar y leer nos prolongan la maravillosa sensación de estar vivos.

Tus novelas se desarrollan en tantos lugares del mundo. Además, el viaje está muy representado en tu obra y en tu vida personal. ¿Qué ha aportado el viaje al proceso de creación literaria?
Viajar es conocer, alejarse de sí mismo, verse a través de los ojos de otros. Las raíces de los hombres son los pies, y los pies se mueven. Yo no sería el mismo si no hubiera viajado por el mundo, y mi literatura, por supuesto, sería muy diferente. Tal vez ni siquiera existiría.

Tú sostienes que "la identidad es un problema de distancia". ¿Cómo vives el hecho de ser un colombiano fuera de casa?
Uno no puede ser sólo colombiano toda la vida. Los viajes me han enseñado que soy, sobre todo, latinoamericano. Con la distancia esa identidad continental es más verdadera. La cercanía que uno siente estando lejos con un peruano o un mexicano me señalan eso: soy latinoamericano.

¿Te has planteado volver a Colombia?
Nunca me he planteado quedarme para siempre en un mismo lugar. Volver sería eso, y prefiero no pensarlo. Me da claustrofobia. Prefiero ir mil veces a Colombia, que además es un país que me gusta mucho, pero quedarme por ahora está excluido.

¿Sientes que tu literatura se va alejando de Colombia? Me parece que Perder es cuestión de método, por ejemplo, es una historia muy colombiana, pero últimamente aunque conservas los personajes colombianos tus novelas ocurren muy lejos, son más globalizadas.
Creo que es una conquista de mi generación: poder escribir novelas en otros países. La idea de que el peruano escribía sólo sobre Perú, el mexicano sobre México y el colombiano sobre Colombia, quedó atrás. Nadie le pide a un escritor francés que escriba sobre Francia, así que obtener como latinoamericano esa libertad es un gran logro. Mi literatura puede alejarse de Colombia en términos geográficos, pero no emocionales. Muchos colombianos viajan, viven cosas que antes no se vivían.

¿Cuál es tu opinión sobre el concepto de ‘McOndo’ que ha sido utilizado para referirse a la nueva ola literaria que emergió en América Latina en los años 90, y la idea detrás de él?
Mira, lo de McOndo fue algo paradójico: si hubiera leído el prólogo, tal vez no habría participado, pues no estaba muy de acuerdo con esa visión norteamericanizada de América Latina que Fuguet y Gómez presentan. Con el tiempo incluso Fuguet ha renegado de ese prólogo. Pero es innegable que la antología, de 1996, hizo visibles a una serie de escritores, algunos de los cuales desarrollaron muy buenas obras literarias. Esto ocurrió apenas dos meses antes que el manifiesto del Crack, de los mexicanos Volpi, Padilla, Palou y Urroz. Sin duda empezaba a configurarse una nueva generación de autores.

Y en el caso de la denominada ‘Nueva Narrativa Colombiana’ ¿sientes que tú y otros escritores de tu país están redefiniendo la literatura colombiana?
Mira, uno escribe lo que tiene que escribir, sin una conciencia muy precisa de lo que están haciendo los otros, y luego es el crítico el que pone en relación los diferentes libros, no los autores. Como lector de mis colegas, sí puedo decirte que hay un entramado muy sólido: Abad, Mendoza, Vásquez, entre otros. Es muy diferente a la literatura anterior.

¿Qué piensas del cine colombiano actual? ¿Sigues de cerca lo que se produce en tu país?
El cine se ha desarrollado mucho y hay talentos nuevos, como Ciro Guerra. Me gustan mucho las películas de Sergio Cabrera y de Víctor Gaviria. También se desarrolló mucho la relación entre cine y literatura: Paraíso Travel, Satanás, Rosario Tijeras, Esto huele mal, Perder es cuestión de método. También es importante señalar el virtuosismo de Felipe Aljure, con su extraordinaria La gente de la Universal. Creo que se avecina una avalancha de jóvenes directores. Nunca antes en la historia del país ha habido tantos colombianos estudiando cine.

Me sorprende que tus libros no hayan sido traducidos al inglés, mientras que es posible leerte en idiomas mucho menos hablados. ¿Por qué? ¿Hay alguna posibilidad de que tus libros sean traducidos al inglés pronto?
No sé por qué. Eso sólo lo saben los editores ingleses. Seguramente no los encuentran interesantes, o tal vez no soy lo suficientemente exitoso. No lo sé. Yo tengo un agente literario que propone siempre mis libros en Inglaterra y en Estados Unidos, pero nunca los compran. Tampoco dicen que no. Sencillamente se demoran, y se demoran y se demoran y finalmente el resultado es este. Pero no soy el único autor al que le pasa esto. De toda mi generación hay un porcentaje que no es muy grande de autores que están traducidos al inglés. Tú encontrarás algún libro de Jorge Volpi, encuentras lo de Juan Gabriel Vásquez, lo de Evelio Rosero, ahora van a traducir a Héctor Abad, pero no son muchos.

Es como si tú le preguntas a un tipo que está enamorado de una mujer, por qué la mujer no lo quiere. Es muy difícil de interpretar. A mí me gustaría muchísimo tener mis libros en Inglaterra, en Estados Unidos y probablemente en algún momento los van a traducir. El problema es que el idioma inglés traduce muy poco. En Estados Unidos solamente un 2% de lo que publican son traducciones, de todos los idiomas. Es decir, de cada 100 libros publicados, sólo dos son traducciones. En esos dos están todos los idiomas, está el francés, el alemán, el italiano, ruso, el chino, el español. Es decir, el 2% de la totalidad de los idiomas del mundo son traducciones. Entonces claro, el porcentaje de lo que se traduce del español es todavía más pequeño, será un 0.4%. Y de ese 0.4% solo quedan los superfamosos: García Márquez, Vargas Llosa, Bolaño y luego habrá un pequeño espacio para unos pocos autores.

Pero bueno, tampoco uno no escribe para eso. Esos son temas editoriales. La literatura realmente es otra cosa, es el texto, es el lector y esa relación tan extraña.

Ahora que mencionas varios nombres pienso en tus novelas, tan llenas de referencias literarias, encuentros con autores reales, personajes que son escritores o lectores ávidos. Solo en la página 50 de Necrópolis [edición española, La otra orilla] citas 15 libros…
A mí me gustan los libros que tienen referencias literarias y me gustan porque me permiten también ir a buscarlas. Y por supuesto uno escribe como le gusta que sean los libros. No me gusta poner citas en los libros como para hacer evidente una serie de lecturas o una cierta cultura. Yo creo que las cosas que se citan son generalmente las cosas que son importantes para los personajes y eso es lo que al fin y al cabo yo hago. Yo en los libros escribo lo que es importante para ellos. Esta es una respuesta que también doy cuando me preguntan a veces que por qué en El Síndrome de Ulises hay tanto sexo. Yo digo, “pues no es mucho, es lo que los personajes necesitan para poder sobrevivir”. Lo mismo con los libros. Hay las citas y las referencias necesarias que ellos necesitan y sienten como naturales. Pero si te fijas a la larga casi siempre son los mismos. Uno tiene un número limitado de lecturas, de preferencias y de libros importantes y generalmente son los mismos.

Desde tu perspectiva de escritor ¿cuáles son las singularidades del idioma español? ¿Es un placer escribir en español? Y el inglés ¿a qué tipo de literatura le sienta bien?
Creo que el español es una lengua muy exuberante, repleta de adjetivos, de posibilidades visuales. En ocasiones es un poco limitada en lo conceptual, pero se defiende. Tal vez por eso no hay grandes filósofos en lengua española. Creo que el idioma inglés es sintético y preciso. Los escritores en lengua inglesa escriben más rápido. Hay novelistas como Anthony Burgess que escribieron novelas de 900 páginas en seis meses ¡y son geniales! Eso es muy difícil de hacer en español.

Tus novelas apelan mucho a tu experiencia propia. ¿Cometo un error si al pensar en Esteban (el personaje principal y narrador de Vida feliz de un joven llamado Esteban y El Síndrome de Ulises) te imagino a ti?
Vida feliz de un joven llamado Esteban es una autobiografía, la de Esteban Hinestrosa. Por supuesto hay muchas cosas de mi vida, que es la que mejor conozco. También su deseo de ser escritor, su itinerario. El síndrome de Ulises también es muy referencial de mi propia experiencia. Suelo decir que lo biográfico de ese libro es sobre todo los episodios tristes.

Lo que quiero decir es que la voz de Esteban se convirtió en algo tan cercano para mí, como lectora, que terminé pensando que el narrador y el autor eran la misma persona…
Me producen ese efecto escritores como Henry Miller o Alfredo Bryce Echenique. La primera persona es tan fuerte que anula al narrador por esa sensación impregnada de la experiencia del autor.

El Síndrome de Ulises es una novela muy importante para mí. En París viví experiencias durísimas que me marcaron. Conocí la absoluta pobreza. Lo que la novela retrata es directamente extraído de mi propia experiencia. Yo en París viví de todos los modos. Fui pobre pero también fui rico en esa época, y no me sentía bien de ninguna de las dos maneras. Fui periodista, corresponsal, en fin. Tuve cargos importantes y nunca me sentí bien. Lo que pasaba era que tal vez tenía tantas cosas acumuladas del pasado y eso me generaba un rechazo muy fuerte. Entonces empecé a escribir El Síndrome de Ulises, y fue una escritura muy solitaria, jamás le conté a nadie lo que estaba haciendo y prácticamente la primera vez que alguien la leyó fue el editor, cuando la terminé. Pensé que era un libro excesivamente personal, que no le iba a interesar a nadie. Pero lo escribí como necesitaba escribirlo, sin ningún tipo de pensamiento previo. Pero todo salió bien, el libro gustó muchísimo, fue un éxito editorial extraordinario. Es mi libro más vendido.

¿Cómo manejas esa relación un tanto ambigua que, como escritor con una obra tan autorreferencial, creas con tus lectores? Casi me atrevería a decir que estás en una situación de desventaja frente a una persona que ha seguido tu trabajo muy de cerca…
Es difícil, pero la literatura nos ha llevado hasta ahí, y tendrá que darnos una solución.

El avión despegará pronto y yo me quedo, una vez más, tan inspirada por este autor cuyas historias siempre llevo conmigo, como mi patrimonio propio.

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